QEPD Wilindoro Cacique

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El Alma de la Espalda de Lima

In memoriam

Santiago querido / Santiago añorado

Leo dan

Publicado: 2017-07-16

En todas las familias, siempre hay un tío marginal, un outsider. Yo no tuve al clásico tío rebelde sin causa o al hippie hijo de las flores. No tuve de tío al activista ambiental ni tampoco al punk destructor. Menos, al artista bohemio. No. El mío no tenía ninguna justicia por la que luchar, menos una bandera. Era, simplemente, un comerciante pisa-cemento que dejaba todo atrás. Y en las horas más silenciosas, habitante de escenarios de novelas negras. Vivía el día. Y, especialmente, las noches. 

Lo conocí como Negrito, Negro, Ninichi, Santiago. Para mí siempre era y será simplemente “tío” o “tío Santiago”.

Soltero. Nunca tuvo casa propia. Alquilaba habitaciones en los arrabales y, eventualmente, pasaba temporadas en casa de sus hermanos. Durante una de sus estadías en la casa de mi madre, pasamos juntos, entre la luz de las velas, los apagones de los noventas, jugando a las cartas. O pasaba las horas escuchándolo contar las travesuras por las que mi abuela castigaba a mis tíos cuando vivían en las afueras de Ica, rodeados de chacras de algodón. Pero su verdadera misión más que entretenernos era cuidarnos. Como otras familias modestas, mis padres trabajaban largas jornadas para sostener la casa. Entonces, no quedaba otra que un familiar vea por mi hermano y por mí. Este cuidado incluía a veces preparar el almuerzo o la cena. Recuerdo que una vez preparó el lomo saltado más bizarro –como dicen ahora- que he probado en mi vida. Mi madre luego nos explicó, entre risas, que el sabor particular del plato se debió a que mi tío confundió el sillao con la vainilla. Nada menos.

Mi familia siempre se ha distinguido por poseer como integrantes a gasta-suelas, caminantes de largas distancias. Mi tío Santiago destacaba en ello. Con su costal de especería al hombro y su facha modesta, recorría con sus mocasines maltrechos todas las bodegas de Lima durante la mañana y parte de la tarde. Ese era su rol de comerciante. En las noches, en cambio, entraba en un mundo distinto, en el que solo algunos tienen la osadía o el código para ingresar. Es un tema tabú en la familia. Pero yo tengo memoria de ello. Trabajaba de mozo o de “vigilante” en bulines del Centro de Lima. Tenía por amigas y era muy querido por las mujeres de quienes todos desean sacar provecho.

Y sí, en general, era un hombre querido por todos. Aunque esta pueda ser una frase hecha, mi tío se ajusta perfectamente a ella: tenía un gran corazón. Y, lamentablemente, para él, pero para felicidad de los aprovechados, no sabía decir que no. Esta inocente generosidad le granjeó muchas cariñosas consideraciones donde se lucha por la supervivencia, en las espaldas de una Lima que se cree decente. Y esto lo digo con orgullo: no es poco ser el alma en las cloacas.

Y por supuesto que le debo mucho. Aparte de haberme cuidado durante largas temporadas en mi niñez –aunque una vez olvidó recogerme a la salida del colegio-, con él aprendí a disfrutar de las películas de cowboys y de kung-fu que pasaban en la tele. Él las llamaba “pistolitas” y “chinitas”, respectivamente. Mis primeros recuerdos del cine se formaron en su compañía. Y cuando me llevaba a recorrer las bodegas a vender especería, siempre me invitaba golosinas hasta el hartazgo.

Lamentablemente, en cada parada, él también se llenaba de golosinas y gaseosas. Y no paró hasta que la diabetes se lo impidió. Luego, un problema respiratorio detuvo su corazón. Fue un miércoles en el que, después de mucho tiempo, la familia planeaba reunirse. Todavía no lo puedo creer. Se suma a ese grupo de ausencias inesperadas tan jóvenes. Pero debo aceptarlo. El Alma de las Espaldas de Lima se fue a recorrer otras calles, con su costal de especería al hombro, cargando siempre su gran corazón.


Escrito por

Alexánder Muñoz Ferrer

Ex ingeniero, proyectista, filosofofo


Publicado en

De esto y de aquello y de más allá

De lo que vivo y de lo vivido